Cómo ayudar a los niños a sentirse seguros durante las emociones intensas: por qué tu calma importa más que la respuesta perfecta.
Como padres, todos hemos vivido esos momentos en que nuestro hijo está molesto y nuestro primer instinto es solucionar la situación, intentar calmar su emoción o sentirnos abrumados nosotros mismos. He aprendido que uno de los mayores regalos que podemos ofrecer a nuestros hijos no es tener la respuesta perfecta, sino ayudarlos a sentirse seguros mientras experimentan sus emociones.
Hace poco, mi hijo y yo pasamos el día en el acuario. Cuando empezamos a caminar hacia la salida, se puso nervioso porque quería quedarse a ver más exhibiciones. Sabía que habíamos disfrutado de un día completo juntos y que se acercaba la hora de la siesta, así que mantuve la calma y le dije que nos íbamos.
En lugar de frustrarme o cambiar de opinión, le repetí amablemente que era hora de irnos. Lo animé a pensar en su exposición favorita y le recordé lo bien que lo habíamos pasado. Le pregunté si podía darme las gracias por la experiencia. Al poco rato, sonrió, me dio las gracias e incluso me besó en la mejilla. Salimos juntos sin el berrinche que podría haber ocurrido antes.
Ese momento me recordó que los niños a menudo no se enfadan porque quieran ser difíciles. A veces, simplemente no quieren que algo maravilloso termine. Necesitan nuestra ayuda para afrontar la decepción, no porque sus sentimientos sean incorrectos, sino porque aún están aprendiendo a gestionarlos.
También he notado que cuanto más tranquila estoy, más tranquilo tiende a estar mi hijo. Cuando me siento abrumada, mis pensamientos se nublan y me cuesta más reaccionar con claridad. Pero cuando me cuido mediante rutinas constantes, la atención plena y momentos para respirar, logro mantenerme más serena. Esa calma se convierte en algo en lo que mi hijo puede apoyarse.
Los niños aprenden a regular sus emociones observando a los adultos que los cuidan. Se dan cuenta de cómo reaccionamos ante el estrés, la decepción y la frustración. Esto no significa que debamos estar tranquilos todo el tiempo. Yo, desde luego, no lo estoy. A veces también pierdo la paciencia y, después, suelo sentirme culpable.
Pero he aprendido que la culpa no me ayuda a crecer; la reflexión sí. En lugar de revivir el momento una y otra vez, me pregunto: "¿Qué puedo hacer diferente la próxima vez?". Cada momento difícil como padre o madre se convierte en una nueva oportunidad para practicar.
Un hábito que me ha resultado sorprendentemente útil es planificar mi día siguiente antes de acostarme. Incluso dedicar unos minutos a repasar nuestra agenda y establecer objetivos me ayuda a empezar el día con mayor claridad. La atención plena no tiene por qué significar encontrar treinta minutos de silencio ininterrumpido. Puede consistir en respirar profundamente mientras lavas los platos, escuchar los sonidos de la naturaleza mientras tu hijo juega en el parque o simplemente prestar atención a tu respiración durante un minuto mientras tu pequeño está entretenido. Estos pequeños momentos suman.
Cuando nos cuidamos a nosotros mismos, a menudo descubrimos que tenemos más paciencia para nuestros hijos.
Lo más importante es que he aprendido que todas las emociones son bienvenidas. Quiero que mi hijo sepa que está bien sentirse decepcionado, frustrado, triste o enojado. Mi papel no es impedir que experimente esas emociones, sino ayudarlo a sentirse seguro mientras las vive, a la vez que le enseño a ser amable con los demás y consigo mismo.
Si lees esto después de un momento difícil como padre o madre, espero que te brindes la misma compasión que le brindarías a un amigo o amiga. Los momentos de frustración ocurren. Todos perdemos la paciencia a veces. Ser padre o madre es una práctica, no una actuación.
Perdónate a ti mismo. Aprende de hoy. Vuelve mañana.
Tu hijo no necesita un padre perfecto. Te necesita a ti: tranquilo cuando puedas, compasivo cuando no puedas y siempre dispuesto a seguir aprendiendo junto a él.